Todo el mundo está de acuerdo. Esta crisis tiene tal dimensión y está gangrenando de tal manera el tejido social e institucional que urge encontrar una salida como sea. Pero, como no es cosa de lanzarnos precipitadamente por la escalera de incendios para acabar en un callejón sin salida, hay que pensar a más largo plazo y tener una visión estratégica de hacia dónde nos dirigimos. No solo salir por salir.
En Europa estamos aplicando la receta alemana. En parte porque Alemania es la primera economía del continente y su principal locomotora, pero también porque es el modelo de éxito que los demás querrían copiar. Hace unos años aplicó una serie de reformas que, según dicen, han situado su economía en una posición envidiable. Sus empresas son muy competitivas, exportan cada vez más y gracias a eso su PIB sigue creciendo. La conclusión, pues, parece obvia: los demás tendríamos que hacer reformas similares para ser competitivos, exportar más de lo que importamos, vendiendo productos de alta tecnología para que nuestras empresas puedan pagar sueldos altos que permitan financiar el Estado de Bienestar. El objetivo, por tanto, es que Europa se haga alemana. ¿Es realista esto?
Para empezar, la mayoría de las exportaciones de los países europeos se dirigen hacia los otros países de la Unión Europea. Esto ya plantea un primer problema, porque no es posible que todos vendamos a nuestros vecinos más de lo que les compramos. Si unos, como Alemania, son exportadores netos es porque otros somos importadores. El éxito de Alemania se basa en el “fracaso” de otros. Y este círculo vicioso solo puede romperse si los europeos pudiésemos reorientar la mayoría de nuestras exportaciones hacia el resto del mundo. En realidad hacia China, India, Rusia, Brasil y alguno más, ya que son los países que tienen suficiente tamaño en sus economías, junto con ritmos elevados de crecimiento, como para necesitar comprar la cantidad de productos y servicios que Europa necesitaría exportar.
Veamos, por ejemplo, el caso de China. Es evidente que están decididos a producir por sí mismos los bienes de alta tecnología que, hasta hace poco, parecían reservados a los países más desarrollados. Y casi con toda seguridad no pasará mucho tiempo para que nos los vendan a nosotros a precios inferiores a los nuestros, forzándonos de paso a que los bajemos. En algunos sectores esto ya es una realidad. Desde luego es probable que, en los años venideros, los países emergentes hagan crecer mucho el volumen del comercio mundial y, con ello, favorezcan un cierto crecimiento de las exportaciones europeas. Pero es muy discutible que, en la dura competencia que caracteriza la globalización del comercio, Europa pueda consolidar en el futuro un saldo, entre sus exportaciones e importaciones a estos países, tan favorable como para que podamos seguir manteniendo nuestro alto nivel de vida.
A las dificultades de Europa para seguir creciendo a base de aumentar la superioridad competitiva de sus productos en el mercado mundial, se añade otro problema más peliagudo: su deterioro demográfico.
Los grandes países europeos están envejeciendo y perdiendo población. En España hemos pasado de una edad media de 33 años en 1975 a 42 en 2010, y se estima que entre 2010 y 2020 el número de personas con edades entre los 25 y 35 años se irá reduciendo cada año un 3%, en promedio, frente al año anterior. Para tener el mismo número de personas, por debajo de los 34 años, que había en España en 1977, necesitaríamos más de 9 millones de residentes adicionales. Eso equivale al 60% de la población actual en esas edades. Con un cálculo similar en Alemania tendrían que “añadir” unos 20 millones de personas con menos de 40 años. Y es que, en la mayor parte de Europa, ya estamos en un 30-40% por debajo de la tasa de reemplazo de la población.
Como, además, la esperanza de vida al nacer sigue creciendo, la población europea es cada vez más vieja. En España, en 1975 solo un 10,4% de la población tenía 65 años o más, mientras que a finales de 2010 ese porcentaje ya es del 17% (se acercaría al 19% sin los inmigrantes). En Alemania e Italia ese porcentaje supera ya el 20%.
Por eso en Europa lo vamos a tener muy difícil para mantener unas pensiones y una sanidad al alcance de todos. El sistema público de pensiones, como todos sabemos, está diseñado de forma “piramidal”: el trabajador actual paga la pensión del jubilado actual, no la suya propia. Hacen falta, por tanto, más trabajadores que jubilados para que esto se sostenga. ¡Pues ahí lo llevamos crudo! Si en 1970 había casi 6 personas en edad de trabajar por cada jubilado, en 2011 son 3 y pico. Eso hace que el gasto se dispare por las pensiones. Pero es que, además, también se dispara el gasto en atención sanitaria. Se estima que un español con menos de 65 años requiere un gasto medio anual de 2.192 euros por este concepto; entre 65 y 79 años requiere 8.570, y entre 80 y 94 años, 14.966 euros.
Con estas perspectivas demográficas va a ser muy difícil sostener esto en el futuro. Mediante las recetas económicas habituales solo se ve una opción: que los trabajadores europeos ganen sueldos tan elevados que puedan pagar muchos más impuestos, de tal manera que, aunque sean menos los que trabajen, la recaudación fiscal sea suficiente para que se puedan seguir financiando las pensiones y la sanidad de los, cada vez más, jubilados. Sin embargo, ya hemos visto que eso solo sería posible si les ganásemos por goleada a los chinos y demás emergentes en la batalla de la competitividad y de las exportaciones. Cosa que no parece muy realista.
Por tanto, la burbuja más peligrosa que tiene ante sí Europa es la de la insostenibilidad de su Estado de Bienestar. Frente a ello, todo el mundo coincide en que hay que llevar a cabo las reformas necesarias para ganar competitividad y exportar mucho más. También es evidente que hay que fomentar en serio la natalidad y atraer a muchos más inmigrantes; aunque, inexplicablemente, de eso se habla mucho menos. Además, parece inevitable que habrá que recortar los gastos de nuestro Estado de Bienestar hasta los niveles que podamos financiar en el futuro.
Suponiendo que hemos sido capaces de hacer bien estos deberes, hay quienes creen que el problema estaría resuelto. Otros, en cambio, creemos que aún así habrá amplios sectores de la población europea cuyos niveles adquisitivos disminuirán significativamente. Es difícil saber quiénes acertarán en sus pronósticos pero, en cualquier caso, lo más razonable es que ante esta perspectiva todos empezáramos a pensar qué cosas debemos cambiar para que esos sectores de la sociedad, quizás la mayoría, sientan que sus vidas son atractivas y merecen la pena ser vividas, aún con bastante menos dinero que ahora.
Quizás haya llegado el momento de reflexionar en serio sobre cómo reducir la excesiva dependencia que tenemos del crecimiento económico y en cómo potenciar otros valores más ligados a eso que, de un modo inevitablemente impreciso y subjetivo, asociamos con la felicidad.
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