martes, 30 de abril de 2013

CARTA ABIERTA A ESA AGENCIA DE MOROSOS QUE ME RECLAMA UNA DEUDA MAS FALSA QUE UNA PESETA DE MADERA

Tengo el honor de comunicarle que no reconozco dicha deuda y que por lo tanto no voy a pagarla, así se conjuren contra mi persona los cuatro jinetes del Apocalipsis capitaneados por el propio John Wayne. Y es que mi autoestima y un acusado y bien es cierto que algo decimonónico sentido del deber y del honor me impiden hacerme cargo de una deuda que, como he dicho antes, no reconozco.
Como usted a buen seguro sabrá, el capitalismo es un sistema económico que ha cambiado mucho a lo largo de sus dos siglos de existencia real y dominante y varios de existencia que podemos llamar potencial y pujante. Y si bien algunos de los cambios han sido positivos y por lo general causados por el miedo pánico que sentía la clase propietaria a la acción política de la clase obrera, no es menos cierto que otros cambios que se han producido en el sistema capitalista han sido muy negativos.
En concreto, quiero pedirle -si no le sirve de molestia- que reflexione sobre lo terriblemente negativo que ha resultado el hecho de que muchas empresas se hayan convertido en corporaciones de carácter multinacional, para las que la prestación de un servicio no es otra cosa que un pretexto para la especulación financiera. La honestidad del burgués hecho a sí mismo, que con su esfuerzo y con el de sus explotados empleados ponía todo su empeño en la prestación de un servicio de calidad, en la comercialización de un producto inmejorable, porque en ello iba el nombre de su empresa, es decir, algo de sí mismo, su propio nombre, su propia fama, se ha esfumado. Las modernas corporaciones, como la que usted representa en su deshonesto intento de extorsionarme con sus amenazas tan universitarias como barriobajeras, se caracterizan por todo lo contrario: no están gestionadas por sus propietarios sino por oscuros hombres de negocios, que no piensan en otra cosa que en cumplir ciertos objetivos siempre financieros que les van a ayudar a abultar sus bonos anuales y sus comisiones por objetivos. Objetivos que nunca consisten en lograr la carta agradecida de un cliente satisfecho, sino en subir un par de décimas la cotización de las acciones. Los clientes, como usted bien sabe, no somos más que una molestia que hay que aguantar en todo este entramado, y por eso las corporaciones se dotan de unos servicios que llaman de atención al cliente, pero en realidad son servicios de mareo y regodeo de las víctimas. Las modernas corporaciones montan espectaculares campañas de marketing y publicidad sobre cómo colaboran con la conservación de la chinche autóctona del Estado de Bahía, en Brasil, pero no se preocupan de nosotros, los clientes, los usuarios, los consumidores que un día, inocentemente y con ilusión desbordada decidimos contratar sus servicios, salvo para exprimirnos hasta la última gota, siendo gente como usted los penúltimos eslabones en la cadena de la extorsión. Detrás de usted, ya sólo viene el borgoñón Sparafucile

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