El ser humano posee una tendencia natural a intentar comprender y explicar todo lo que le rodea. La ciencia es una actividad humana que analiza, empírica y objetivamente, el universo físico; la filosofía o la metafísica hacen lo propio con cuestiones de índole inmaterial como, por ejemplo, el pensamento. Estas disciplinas se han desarrollado históricamente en un continuo debate, una dialéctica constante, siendo el motor de la evolución y del progreso social alimentado por los progresos técnicos y teóricos de cada época.
En todas las civilizaciones ha habido filósofos y científicos que, cuestionado el status quo, han buscado, y conseguido, solucionar incógnitas, enigmas o dudas heredadas de quienes lo habían intentado sin éxito anteriormente. En toda civilización han surgido también personas que han aprovechado cuestiones no resueltas para ofrecer soluciones a sus conciudadanos. A falta de sostén científico o lógica filosófica, han basado sus soluciones en miedos, castigos, premios, temores, amenazas, condenas y absoluciones, sustentadas en el frágil y maleable cimiento de la palabra.
Aparecieron teólogos y religiones, dioses y demonios, inocentes y culpables, verdades dialécticas y verdades absolutas. En toda confesión hay una palabra de dios que amputa discusiones, dudas o disidencias y recorta la libertad de pensamiento, sagradas escrituras y divinas palabras al alcance de los elegidos, castas de sumos sacerdotes que se atribuyen la potestad interpretativa y tienen línea directa con sus dioses. En todas las civilizaciones el poder ha sido ejercido por reyes (o similares) que han dispuesto de militares para imponer su voluntad cuando la resistencia era mucha, de finanzas para comprar resistencias y de religiones para conducir resistencias. Toda religión renuncia nominalmente al poder terrenal y todas lo buscan en el nombre de sus respectivos dioses, verdaderos todos ellos.
La historia está salpicada por la viruela de la fe desde que Cromagnon y Neanderthal deccoraron sus cuevas. La religión, omnipresente en guerras y conquistas, en intrigas palaciegas, en gobiernos, en desgobiernos, en la salud, en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, ha jugado siempre las bazas precisas y calculadas para asegurar su presencia pública incluso a costa de la ciencia, la filosofía o la mismísima metafísica. Desde la Revolución francesa, las sociedades modernas han intentado separar lo público de lo privado, siendo la religión una práctica, más que privada, íntima.
En 2013, el gobierno de España, uniendo de nuevo la cruz y la espada, vuelve a realizar una cruzada para combtir al diablo en nombre de su dios verdadero, sus sagradas escrituras y sus divinas palabras. Los gobiernos talibanes o islamistas gobiernan en nombre de otros dioses, otras escrituras y otras palabras. Gallardón, Wert, Fernández Díaz y otros miembros del gobierno crean y apoyan leyes y reformas a la medida de la Conferencia Episcopal, la derecha mediática actúa como un coro de muyahidines y Rouco Varela, Carlos Amigo o Reig Pla predican como ayatolás integristas.
La Ley del aborto debe tener flecos científicos o, como mucho, filosóficos, debatibles, discutibles, pero jamás religiosos. El paro debe afrontarse con medidas políticas, empresariales y financieras, jamás con intenciones religiosas como las de Fátima Báñez o Ana Botella (San Isidro y la Virgen del Rocío). El telediario de RTVE debe ser un informativo, jamás un medio publicitario de la Iglesia Católica (Vídeo Telediario 21 horas – 7/5/2013 – Minuto 51).
España va de mal a peor, de una República democrática pasó a una dictadura militar, de ésta a una monarquía parlamentaria y ahora se dirige velozmente hacia una teocracia liberal. Se trata, ni más ni menos, del sino de su historia, de las herencias recibidas. Pongamos una vela a los dioses, los diablos llevan siglos quemándonos. La religión, en sí, es una práctica privada, ni buena, ni mala, ni regular, depende del uso que se haga de ella. No es lo mismo ser cristiano que católico
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