Tal vez una de las cosas en que el nacionalismo y las religiones más se parecen
sea en la nula capacidad de autocrítica de las élites dirigentes hacia su labor.
En un principio pudiera parecer que su labor es predicar la buena nueva, pero
nada más lejos de la realidad. Su auténtica ocupación es mantener su cuota de
poder en la sociedad. De esta falta de autocrítica, y de la necesidad de seguir
medrando, nace la necesidad de buscar enemigos en el exterior a los que culpar
de todo aquello que pudiera lesionar la influencia de los dirigentes religiosos
o patrióticos. Este tipo de maniobras de distracción las apreciamos por doquier
en religiones y nacionalismos varios. Este tipo de maniobras se caracterizan por
un aspecto peligroso, muy peligroso: la deshuminazición del presunto enemigo.
Este proceso de deshumanización, que permite agredir, en todos los sentidos
imaginables, al presunto rival, suele llevarse a cabo responsabilizando a todos
los miembros de la comunidad enemiga de todo tipo de actos execrables. Otra
forma de despersonalizar al de enfrente se basa en achacarle la culpabilidad de
todo aquello que va mal en la sociedad: paro, déficit, falta de valores
morales... Ante esta realidad, la única salvación posible para el ciudadano de a
pie consiste en seguir los dictámenes de gurús religiosos o nacionalistas, que
sabrán conducir al rebaño a lugares más cálidos donde pacer.
En todo caso,
formar parte de la nación elegida o de la única religión verdadera, parece ser
la única solución a todos los problemas del mundo, aunque éstos sigan existiendo
a pesar del nacionalismo redentor y de la religión iluminada por un dios
presuntamente infalible.
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