Hoy Europa se enfrenta al mismo enemigo pero sin capacidad de respuesta visible. Las instituciones políticas y económicas velan para que todos se atengan al papel de cobayas. Ya que nunca podrían vencernos por el valor de sus soldados ni por su superioridad en algún campo de la creación humana, lo están consiguiendo en los paritorios. Nadie se atreve a denunciar que el invierno demográfico promovido por las feministas y la izquierda está sojuzgando a Europa. El tema de la fertilidad islámica es un tabú que nadie se atreve a desafiar. Si lo intentas, vas derecho ante un tribunal acusado de racismo y xenofobia. En Cataluña sólo Anglada habla de ese asunto.
Ninguna ley liberticida podrá nunca desmentir que precisamente gracias a esa extraordinaria fertilidad, en los años 70 y 80 los chiítas lograron imponerse en Beirut y destronar a la mayoría cristiano-maronita. Basta recordar aquello que Bumedián (que destituyó a Ben Bella con un golpe de Estado tres años después de la independencia de Argelia) dijo en 1974 ante la Asamblea de las Naciones Unidas: “Un día millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria”. Pues sí. En la Europa que arde en llamas se ha reproducido la enfermedad que el siglo pasado convirtió en fascistas incluso a los italianos no fascistas, en nazis incluso a los alemanes no nazis y en bolcheviques a los rusos no bolcheviques. Y que ahora convierte en traidores incluso a los que no querrían serlo: el miedo.
El País Vasco es otro caso paradigmático de la rendición europea gracias a esas fórmulas políticas por la que tantos crimenes cometieron todos esos canallas sabinistas. Cien años jodiéndonos con el cuento de la raza vasca y de una pasada aceptan sin rechistar que en Bilbao nazcan ya más mohameds que goicocheas. Que los españolicen es pecado. Tanto que hasta los curas trabucaires y carlistones incitaban a los jóvenes a unirse a ETA. Que los islamicen es ahora lo bueno, progre y moderno.
Tampoco esos partiditos de falsos santurrones católicos parecen querer enterarse. Van de la mano de esos obispos postconciliares que son tan traidores como los políticos. En Melilla lleva gastado Caritas millones de euros en alimentar, vestir y socorrer sanitariamente a miles de musulmanes y la Iglesia no ha logrado una sóla conversión en 30 años. Confieso con toda humildad que no acabo de entender a la Iglesia de Roma. Salvo para inducir a su grey a que vote a la derecha liberal, los prelados no parecen tener frío ni calor, no parece que nunca les duela nada. Ni siquiera ahora que las iglesias de media Europa se están quedando vacías y transformando en mezquitas. Hay zonas del mundo cristiano que están al borde de la muerte porque les falta el reflejo del dolor, el reflejo de “¿qué pasa”? En medio de tantas desgracias como se han amontonado en pocos años, el Vaticano continúa su tarea con manifiesta impasibilidad. Si vinieran los marcianos, también seguirían haciendo lo mismo.
Europa está al borde de la muerte porque ha sido disuadida con amenazas y con mucha ideología relativista a que se acepte sin rechistar lo que unos pocos nos proponen en nombre de la igualdad, el progresismo, el mundialismo, el antirracismo, el homosexualismo, el feminismo, el laicismo, el liberalismo de uno y de otro signo ideológico… Hay muy pocas voces que nos hablen de que lo que está en juego es un enfrentamiento entre dos contrarios, entre dos eras, que no admite compasión cristiana porque la compasión cristiana es una debilidad que favorece a los que quieren destruirnos. Se trata de un choque entre dos mentalidades. Es un enfrentamiento entre la civilización y el atraso, entre lo civilizado y lo primitivo, entre la barbarie y la racionalidad, entre Descartes y el imán de Lérida. Se trata de un choque entre aquellos que tratan a las mujeres como bestias, y aquellos que las tratan como seres humanos. Lo que vemos hoy no es un choque de civilizaciones. Las civilizaciones no chocan, sino compiten. Lo que vemos hoy es la lucha de unos pocos por la supervivencia de muchos.
Los musulmanes y los ideólogos de la masonería fueron los primeros que comenzaron a usar esta expresión. Los musulmanes son los que comenzaron el choque de civilizaciones. El profeta del islam dijo: “Se me ordenó la lucha del pueblo hasta que crean en Alá y Su Mensajero”. Cuando los musulmanes dividieron a la gente entre musulmanes y no musulmanes, y llamaron a combatir a los otros hasta creer en lo que ellos creen, comenzaron este enfrentamiento y comenzaron esta guerra.
Si las intenciones de la casta europea no fueran tan oblicuas deberían exigir a los musulmanes que, si quieren vivir en nuestra tierra junto a nosotros, deben empezar por reexaminar sus libros islámicos y programas de estudio, que están llenos de llamadas de takfir (apostasía) para luchar a muerte contra los infieles. Eso vale especialmente para Cataluña, donde el nacionalismo ha sido el instrumento del que se han servido los arquitectos del nuevo orden para diseñar una Europa que algunos, tozudamente y a contrapelo de la corrección política, nos negamos a aceptar.
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